Hoy en el camino a mi casa me he encontrado con un cúmulo de letras que me embargaron de emociones y me han llenado de lágrimas los ojos; durante los últimos 10 años mi vida ha sido dedicada y entregada a los alimentos como ha debido ser siempre, pero hoy en particular unas letras ajenas han envuelto mi corazón de amor al leer entre ellas las montañas y verdes que componen la tierra cafetera colombiana, un paisaje que combinado por el precioso y familiar acento paisa generan en mi memoria cinestésica un recuerdo de hogar que por dentro genera una sensación de burbujeo incesante y ojos aguados de entender que por una vez en mi vida la ciudad de la eterna primavera es un referente de asuntos positivos y bonitos, que es la tacita de plata, pero además es el portón de entrada a una zona de verdes praderas montañosas, húmedas y florecidas llenas del mejor café del mundo y de historias que son contadas con sombrero aguadeño, poncho, carriel y un tintico que acompaña las amenas conversaciones que surgen alrededor de la bebida; lo importante de todo esto es el suceso, lo he leído en las páginas de uno de mis escritores de antropología y periodismo de alimentos favorito, Michael Pollan, un contador de historias y generador de nuevos paisajes con sus meras opiniones.
Gracias alimento por ser fuente del hogar, de comunión, fundador de esperanza y cambiador de historias.
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