La cuchara es el instrumento de la memoria de la comida, es el recordatorio constante de un momento pasado que evoca los sentimientos y pensamientos de lo ya vivido, lo que es siempre pasado, es quizás por esa razón que no se ha creado una máquina del tiempo, no se puede inventar lo que ya está creado. La cuchara es la línea divisoria entre lo civilizado y lo instintivo, lo hijo del arrabal que llaman, es la autora en la crónica de todos aquellos que se dejan tocar por sus modos, es la cuchara entonces, además de instrumento en la cocina, el lápiz de la historia que ha escrito las vivencias de esta tierra alrededor de la mesa y la comida se convierte en el telar que teje el puente entre las diferencias entre quienes se reunen en ella.
Si hoy fuera mi último día me iría sin remordimiento, solo con el miedo de extrañar los abrazos de mis papás de quienes parece que mendigo amor, de mi pareja quien a veces no me soporta y para quien paso a ser un ente invisible, de mi abuela, la mujer más inspiradora, amorosa, ecuánime y estoica que me mantiene con el corazón enamorado, mi sobrino, la risa contagiosa de mis sobrinas a quienes me cuesta tanto decirles que las amo pero son una luz en mi mar de oscuridades y sobre todo, mi perro, el ser más incondicional, paciente, amoroso, comprensivo y peludito de todos, que me enseñó lo que es el cuidado; lo demás me deja sin cuidado, porque todo lo demás parece cuando mucho una distracción de la cotidianidad para mantenerme en el ámbito de lo automático y sin emociones. Que la muerte me encuentre o que la vida se lleve de mí el dolor que cargo dentro y no puedo soltar, el miedo incesante de decepcionar a los demás, con eso me basta, las vistas hermosas, las sonrisas en el c...
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