Después de mucho observar, caminar, sentir, me he dado cuenta que comer es un acto de autoexploración en el que lo primero que deben derribarse son los prejuicios y el mal hábito de la predisposición para poder llegar a la experiencia cumbre de placer, pero para poder llegar a eso hay que caminar por el acertijo que es el mundo del sabor, un laberinto lleno de claves que dependen un 100% de la sensibilidad del comensal y esa sensibilidad es a su vez dependiente de sus hábitos, por lo tanto es fácil decir que llegar a la percepción óptima del sabor requiere de un compromiso, una consciencia corporal y un autoconocimiento de una magnitud quizás incalculable puesto que no es prioridad en nuestra vida - en ningún momento - aprender a darle el valor real al acto sagrado de comer, a disfrutar y disociar el sentido del gusto para que nos evoque lo que la comida es y quiere comunicarnos, porque la comida son las palabras de los que tienen atrofiado el corazón y las emociones, de los que el habla les pesa y de los que no pueden hablar de manera audible, por eso para poder saborear hay que desaprender el tragar como acto inconsciente y casi involuntario para llenar.
Hay que empezar a entender que comer es un acto político, es un grito de fanatismos culturales que se manifiesta en silencio sobre una mesa pero que mueve pasiones viscerales, comer es un acto de protesta para quienes migran a otros países, se vuelve un acto de autoprotección ante lo desconocido al verse obligado de salir de su tierra, de su idioma, de su tradición y cocinar es regresar al paisaje que le vio crecer, es regresar donde la tranquilidad era tan suya que pasaba desapercibida hasta que fue arrebatada; comer es apropiarse de un lugar como suyo y reaprender a comer al migrar, es ser un renegado porque ni es de su zona actual ni de la que son sus ancestros, pero identificarse con todos sus aromas y sabores. La comida, el acto de comer, el acto de cocinar es en sí mismo vivir y ser de todas partes.
Hay que empezar a entender que comer es un acto político, es un grito de fanatismos culturales que se manifiesta en silencio sobre una mesa pero que mueve pasiones viscerales, comer es un acto de protesta para quienes migran a otros países, se vuelve un acto de autoprotección ante lo desconocido al verse obligado de salir de su tierra, de su idioma, de su tradición y cocinar es regresar al paisaje que le vio crecer, es regresar donde la tranquilidad era tan suya que pasaba desapercibida hasta que fue arrebatada; comer es apropiarse de un lugar como suyo y reaprender a comer al migrar, es ser un renegado porque ni es de su zona actual ni de la que son sus ancestros, pero identificarse con todos sus aromas y sabores. La comida, el acto de comer, el acto de cocinar es en sí mismo vivir y ser de todas partes.
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